Investigadores y estudiantes de la UACJ recorrieron comunidades de Chihuahua y Durango para convertir problemas de agua, energía y producción en soluciones construidas con sus habitantes
En la llamada Zona del Silencio, donde convergen los límites de Chihuahua, Durango y Coahuila, las leyendas hablan de brújulas desorientadas y señales de radio que desaparecen. Sin embargo, para quienes viven entre caminos de terracería, temperaturas extremas y poblados dispersos, el verdadero desafío nunca ha sido el misterio: es el agua.
Ahí, el agua puede estar lejos, carecer de presión, contener bacterias o presentar una salinidad superior a la del mar. Frente a esa realidad, investigadores del Campus Cuauhtémoc de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) salieron de laboratorios y aulas para escuchar a las comunidades.
Encabezado por los doctores Víctor Salas y Luis Jiménez, y acompañados por profesores, estudiantes y egresados, el equipo realizó diagnósticos, mediciones y diseños que derivaron en respuestas concretas.
Con respaldo de la Fundación Gonzalo Río Arronte y la colaboración de otras instituciones, la ciencia comenzó a traducirse en agua potable, riego, alimento y mejores condiciones de trabajo.
Del diagnóstico a una solución compartida
En Granja Morelos, Durango, alrededor de 500 habitantes aprendieron durante décadas a esperar la lluvia o el paso del tren para conseguir un poco de agua. Cuando llegó la red hidráulica, el pozo produjo agua salada y turbia. Estudios de la UACJ y del Instituto de Ecología A. C. detectaron también concentraciones elevadas de coliformes. Las enfermedades digestivas y los problemas renales formaban parte de la vida cotidiana.
El doctor Víctor Salas explicó que la región se asienta sobre un acuífero fósil, cuyas condiciones geológicas concentran grandes cantidades de sales. Pero el equipo no se limitó a describir el problema, pues evaluó la red, gestionó recursos y rehabilitó una purificadora abandonada mediante un sistema de ósmosis inversa. La comunidad compró tubería y conexiones, excavó zanjas y aportó mano de obra. “No fue nomás que llegaran y la pusieran; nosotros también cooperamos”, resumió Oralia Galán.
El estudiante de Geoinformática Eduardo Ernesto Escárcega Escárcega Jr., recorrió viviendas para medir caudal y presión. En la casa de una pareja de adultos mayores abrió la llave y no salió una sola gota. La experiencia le mostró que detrás de coordenadas y registros había familias que no vivían: sobrevivían. Ese trabajo de campo aportó información para plantear una distribución más equitativa y convirtió la formación universitaria en aprendizaje humano.
Reactivar lo que otros abandonaron
En el ejido La Flor, dentro de la Reserva de la Biósfera Mapimí, una planta de tratamiento de aguas residuales había quedado inactiva. El doctor Luis Jiménez y el grupo encontraron un mal dimensionamiento del sistema fotovoltaico: la bomba no podía operar correctamente. Profesores y estudiantes recalcularon, instalaron y pusieron en marcha el equipo.
En una comunidad sin red eléctrica de la Comisión Federal de Electricidad, la energía solar permitió reutilizar el agua para irrigar nopales destinados al consumo, la venta y la alimentación del ganado.
La intervención revela una característica central del trabajo universitario: no imponer tecnologías, sino revisar lo existente y adaptarlo a las condiciones reales del territorio. Para Sergio Herrera, habitante de La Flor, la presencia de los investigadores significó que alguien llegara a conocer necesidades que desde la ciudad suelen permanecer invisibles.
Hacer que el agua camine
En La Soledad II, municipio de Jiménez, unas 400 vacas caminaban diariamente seis kilómetros para beber agua y después regresaban a la zona de pastoreo. En cinco años de sequía, ese trayecto representaba desgaste, pérdida de peso y riesgo para los animales. Investigadores y estudiantes de Geoinformática se preguntaron si, en vez de llevar el ganado hasta el agua, podían conducir el agua hasta el ganado.
Eduardo Escárcega, el ingeniero Carlos Iván Flores Chávez y el licenciado Yahir Enrique Vargas Flores realizaron vuelos con dron, levantaron puntos con GPS RTK, trazaron la microtopografía y efectuaron cálculos hidráulicos. El resultado fue una línea de seis kilómetros de tubería de polietileno de alta densidad, depósitos y bebederos que extendieron el recurso hasta la zona de pastoreo.
Persistía, sin embargo, otro obstáculo: el agua almacenada superaba los límites de salinidad para consumo humano y animal. Con apoyo de la Fundación Gonzalo Río Arronte, el equipo instaló una desaladora capaz de procesar hasta 12 000 litros diarios. El sistema utiliza carbón activado, tratamiento de sales y sarro, filtración de sólidos y tres membranas de ósmosis que pueden reducir hasta 99 % el exceso de sales.
Aunque el proyecto aún debía concluirse al momento del recorrido, su capacidad permitiría abastecer a cerca de 400 animales y, potencialmente, acercar agua adecuada a las familias.
Convertir el sol en alimento y trabajo
En Laguna de Palomas o Estación Carrillo, el agua de un pozo contiene más de 35 gramos de sales por litro, una concentración mayor al promedio del agua de mar. La UACJ estudia alternativas para reducir pérdidas durante su conducción hacia las salineras, actividad que sostiene a varias familias. Al mismo tiempo, el equipo aprovechó el recurso más abundante del desierto: el sol.
El doctor Luis Jiménez presentó un deshidratador solar desarrollado y perfeccionado en el programa de Ingeniería en Diseño y Automatización Agrícola. Profesores, estudiantes, egresados y un participante de Jóvenes Investigadores en el Estado de Chihuahua, trabajaron en distintas versiones.
Las investigadoras de Biotecnología y Nutrición del Instituto de Ciencias Biomédicas evaluaron la conservación de los nutrientes. La versión 3.0 del deshidratador protege los alimentos de polvo e insectos, mientras que el aire caliente circula por su interior.
Esa tecnología encontró una aplicación inmediata en la elaboración de carne seca: una familia de la comunidad comenzó a comercializarla bajo el nombre Cosecha del Vaquero, en tres sabores, e incorporó a vecinos en la venta y distribución. Así, una estructura nacida del trabajo académico se convirtió en una alternativa de inocuidad, conservación y economía local.
La investigación que llega hasta donde hace falta
Todos los proyectos comparten una misma ruta: escuchar, medir, diseñar, probar y corregir junto con las personas. “La finalidad de un proyecto es aterrizar los conocimientos en algo materializado y que realmente resuelva una problemática que existe en el campo”, expresó el doctor Luis Jiménez. Para los estudiantes, trabajar lejos de talleres y suministros también implicó aprender resiliencia y resolver imprevistos en el momento.
Al final del recorrido quedaron una purificadora rehabilitada, un sistema solar reactivado, seis kilómetros de tubería, una desaladora y un deshidratador que transforma el calor en una herramienta productiva. Pero el aporte mayor fue el método: investigadores que dejaron el escritorio para reconocer que la ciencia empieza antes de las fórmulas, cuando alguien escucha una necesidad.
En la Zona del Silencio nunca faltaron voces: estaban las de quienes buscaban agua, perdían ganado o recorrían kilómetros para llenar un garrafón. Los investigadores de la UACJ llegaron hasta ellas y ayudaron a transformar sus demandas en soluciones. Cuando la ciencia escuchó al desierto, el silencio comenzó a convertirse en agua, alimento, tecnología y esperanza.
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